La Música de Basso

La playa era ahora un eco entre los zumbidos eléctricos de Basso. El mismo tono una y otra vez, proveniente de un planeta azul pálido inundaba cada rincón de la nave. También la habitación de Hilda.

—Por favor, quita ese ruido ya —dijo Hilda, con los ojos entrecerrados—, no me deja dormir.

—La música de Basso nadie la detiene —dijo Pieter a través de la radio.

«La música de Basso». Pensó Hilda. Qué idea más ridícula. Estiró las piernas y dio vueltas en su habitación. Irónicamente, fue la música de Basso la que la cautivó y la hizo abandonar las playas de Aegis Nova para aventurarse al espacio orbital del gigante de gas. Revisó la órbita de la nave y leyó los registros nocturnos. Dos drones habían aumentado las reservas de combustible desde que se fue a dormir.

Explorar el espacio no era lo mismo que explorar Lauz. En la playa se podía sentir la arena, pescar, asolearse, sentir el viento. No había nada que sentir en el espacio, ni si quiera su propio peso. No había nada que hacer más que revisar que todos los números estuvieran en orden. Y eso hizo. Como cada mañana, revisó pantallas y reportes, y envió mensajes de confirmación, cuando en el fondo sabía que una computadora había hecho eso mientras dormía. A pesar de que la estación de combustible funcionara de manera autónoma, y lo había hecho por bastante tiempo, personas como Hilda debían de permanecer ahí, en caso de que fuera necesario.

«Es una estación de combustible en medio de la nada, ¿Quieres ir hasta allá?» Tonta, tonta Hilda. No existía un día en el que no se culpara de haber aceptado aquella oferta. Pero había sonado tan bonito en aquél tiempo, cuando su mayor sueño era ir al espacio, cuando nada en Lauz parecía satisfacerla. Y ahora lo que más quería era regresar a casa y prometerle a su hermana que la acompañaría todos los días a la playa, aunque estuviera lloviendo. Preparó su desayuno y se sentó a leer. Meses de entrenamiento para terminar leyendo novelas aburridas. Usando las bocinas de la nave, Pieter no dejaba de ajustar la frecuencia de recepción, buscando aquella canción que Basso aún no había cantado. Las notas del planeta eran regulares y escalofriantes. Como latidos de un corazón helado y perdido. A veces el planeta sonaba como el fondo del mar, y otras veces como un canto interminable. Aprendió que aquellos sonidos provenían de los relámpagos provocados por las tormentas y vientos de alta velocidad, y por la dinámica en el núcleo del planeta, pero no le importaba, porque no podía descender para verlo. No podía acercarse a Basso. Los drones solo recogían hidrógeno y helio de su atmósfera y lo llevaban hasta la estación.

—El planeta canta, Hilda, ¡El planeta canta!

El planeta no cantaba. Eran las emisiones electromagnéticas del planeta. Le había explicado varias veces que el ruido de Basso no tenía nada de mágico o etéreo, pero a Pieter no le importaba. Para él todo era música. Eran música los propulsores cada vez que llegaban drones a recargar los tanques, era música el sonido de las esclusas abriéndose, era música el sonido de las teclas y botones. Hilda apenas llevaba días conviviendo con él y su existencia ya se estaba volviendo un problema. Comenzaba a cansarla aquél entusiasmo inicial, aquél optimismo de alguien que no sabe a lo que se está enfrentando.

Para evitar que sus pensamientos la abrumaran, usó unos minutos de su insignificante tiempo para hacer ejercicio. Corrió, deseando estar en un lugar diferente y mejor, pero después de una hora, estaba en la misma nave alrededor de Basso, cubierta en sudor. ¡Qué injusto! Todos sus amigos presumían sus viajes por el cinturón tropical, por las islas oceánicas y las ciudades polares. Si no estaban en el mar, estaban en las montañas. Si no estaban afuera, estaban adentro, creando, escribiendo, diseñando, mostrando su trabajo a millones de personas. Hilda solo podía pudrirse de envidia porque todo a su alrededor se estaba volviendo más y más gris. Todo lo que hacía carecía de sentido.

Con cada transferencia de combustible a las naves cargueras, Hilda se preguntaba cuántas personas más habían sido atrapadas por los cantos de Basso. «Es el trabajo más sencillo y emocionante», «Meses en el espacio, y todo tu trabajo está automatizado». Sonaba excelente en teoría, no mucho en la práctica. No para ella. Ser una viajera espacial ya no la emocionaba, su espíritu traicionaba a la joven e ingenua Hilda que soñaba con las estrellas. Un viaje de meses que culminó en el suspiro más triste de todos.

Basso, más allá de su música, no era más que una fuente casi infinita de combustible. Un lugar de reflexión y emoción para personas como Pieter, y un dolor de cabeza para personas como Hilda. Incluso con los viajes a sus lunas gemelas, donde podía experimentar un intento mediocre de gravedad mientras comía y bebía, Hilda se sentía atrapada en el planeta más grande del sistema. Y Basso seguía cantando: Mientras dormía, mientras trabajaba, mientras extrañaba su hogar.

—¡Qué injusto! Hay personas moviendo cometas en Daxio, terraformando Dunhar, explorando Lauz. ¡Daxio incluso construyó un océano en el espacio! ¡Con ballenas, corales y algas! Y yo estoy aquí, en un planeta tan aburrido que la gente apenas se detiene a mirar. ¡Ni si quiera puedo sentir el calor del sol!

—¿De qué te quejas Hilda? Eres de las pocas personas que se atreven a pasar meses en medio de la nada. Este es un sueño hecho realidad.

—¿Pero cuál es el punto? ¿De qué me sirve explorar el espacio si nadie puede escucharme, si no puedo pisar con mis pies el planeta, si no puedo respirar su aire?

—¡Pero estamos en el espacio! ¡Cero gravedad! ¿No te basta esa sensación?

¿Cómo iba a discutir con alguien que no había tenido tiempo de reflexionar, con alguien que todavía se emocionaba y daba vueltas en el aire, jactándose de cómo el hábitat giraba para generar gravedad? Cuando empezó su trabajo, pronto entendió por qué Basso era diferente. No era por su fría atmósfera y ausencia de superficie sólida, tampoco por su lejanía, porque Daxio estaba floreciendo. Era algo más grande que eso. Era un sentimiento de monotonía y profundo abandono que rodeaba todas las cosas, un aislamiento indescriptible. En vez de explorar el espacio, la vida de Hilda consistía en seguir las instrucciones que aún recordaba desde su entrenamiento. Se sentía tan orgullosa en aquél entonces. «Qué valiente eres, Hilda. Es un honor ser tu hermana». Ahora solo quería irse de ahí, aterrada de los susurros eléctricos del planeta. Vigilaba la presión de los tanques, la integridad de los módulos. Recibía provisiones de la granja lunar, y convivía con las pocas personas que habitaban el planeta a través de su pantalla. ¿Cómo estaba explorando el espacio si no podía salir de su nave?

Su vida era una pieza que no encajaba en la historia del sistema. Nadie mencionaría a las naves y estaciones de combustible que hicieron posible la colonización y la exploración. Nadie mencionaría que Hilda se hizo cinco años más vieja alrededor de Basso. Estaba tan acostumbrada al ritmo de los instrumentos, a los zumbidos de los ventiladores y a la música de Basso que no necesitaba de un reloj para planear su rutina. Su aspecto personal deteriorándose y avergonzándose de sí misma porque no hacía nada para cambiarlo. No importaba, de todos modos no había nadie a quien impresionar. Los días se habían convertido en un bloque sólido, interminable y doloroso, porque no tenía sentido saber qué día era. Sólo una cifra era la que la mantenía viva. El número de días que faltaban para que una nave se apiadara de ella y gastara una parte de su combustible para llevarla de regreso a casa. Mientras tanto tenía que, de una forma u otra, aprender a convivir con el planeta.

—¡Escucha esto! ¡Encontré la frecuencia!

—¡Ya te dije que no quiero escuchar nada!

Pieter subió el volumen, y al instante sintió un cosquilleo en sus pies. La espuma deshaciéndose en la arena, las olas chocando contra las rocas. Era la playa. Basso era la playa. El sonido de las olas era tan real, que tenía que haber un mar en el planeta. Para Hilda no había otra explicación. Escuchar las emisiones de Basso se volvió mágico otra vez.

—¿Cómo la encontraste? ¿En serio viene de Basso?

—Sabía que te iba a gustar. Ven acá.

Pieter tenía razón. El planeta cantaba. Sólo tenía que aprender a escucharlo. Navegó hasta la cabina de Pieter, envuelta en una maraña de amplificadores, osciloscopios, cables y componentes eléctricos. Sólo él podía darle sentido a todo aquello, con pesados audífonos en su cabeza, moviendo perillas como si supiera lo que estaba haciendo.

—¿Puedo probar?

—Escucha y comprueba. Basso de verdad canta.