Un día en un planeta seco y ventoso

Zeran se sacudió las cargas del cabello y después de ordenar su cama roció agua por la habitación. Mojó un trapo con agua y se lavó el cuello y la cara mientras el sol entraba por la ventana opacada por polvo y rasguños. Tomó pastillas para el dolor de huesos y medicamento para el picor de nariz.

Religiosamente revisó los niveles en el tanque de agua mientras preparaba un desayuno instantáneo. Limpió el polvo de la mesa y comió en compañía de las ráfagas de viento que sacudían el piso.

Barrió la casa, limpiando el polvo que se había metido por quién sabe donde. Se Puso el traje de exterior y se envolvió en gruesas mantas anti-estática. Ajustó su visor y conectó su máscara a la fuente de oxígeno. Era hora de salir.

Salía temprano, aprovechando el sol y el viento relativamente tranquilo. Inspeccionó su casa en forma de cono en busca de daños o fugas como lo hacía todos los días. Amarrada al suelo y anclada con postes de metal, no se iría a ninguna parte.

Encendió su carro, feo como siempre porque cualquier cosa expuesta a ese clima se deterioraba deprisa. Manejó hasta los aerogeneradores, enormes columnas cortando el viento y girando con elegancia. Pasó a unos metros de sus vecinos, en medio de una caminata matutina por las dunas. No había día en que no pensara en cubrir el volante con algo, porque las manos se le congelaban después de tanto tiempo tocando el metal. No había tenido tiempo de trabajar en eso.

Paró a unos metros del invernadero, casi enterrado en la arena. Pero era por una buena razón, porque el calor de aquél ambiente se debía preservar. La energía no era gratis.

Golpeó la puerta y la esclusa se abrió. Se sacudió la ropa en la cámara intermedia, y un chorro de viento y brisa se llevó el resto del polvo. La compuerta se abrió y los jardineros y el calor le dieron la bienvenida.

Envidiaba a quienes trabajaban y vivían ahí, podían dormir en un ambiente húmedo y cálido, que aborrecía el polvo como ningún otro edificio en la colonia. Era muy tarde para cambiar de trabajo. El trabajo ahí era agradable, colorido e interesante, y a sus ojos fácil. Cuidar plantas todo el día parecía más divertido que reparar circuitos dañados por el polvo.

Guardó su traje de exterior en un closet especial y fue a la central eléctrica del invernadero. Trabajó ahí el resto de la mañana, sorprendiéndose de que hasta en los rincones de ese lugar había polvo. Le dio mantenimiento a los sistemas que cuidaban de las plantas, y futura comida de los colonos.

Cuando terminó su trabajo, el sol estaba en su punto más alto, y el cielo era de un blanco sólido y las sombras eran casi invisibles. En el horizonte una ancha nube oscura amenazaba con una tormenta nocturna.

La temperatura había alcanzado su máximo, un par de grados sobre la congelación del agua, pero aquél número no tenía sentido, porque no había agua afuera. Era una unidad de medida inútil pero que todos habían acordado.

Zeran fue al hangar de Maité, donde toda la basura de la colonia llegaba a parar y ella la despedazaba y organizaba en componentes útiles e inventos que decoraban su casa y lugar de trabajo. El techo era translúcido, pero le hacía falta una sacudida, como todas las cosas en el hangar. Maité no se molestaba en limpiar las cosas que volverían a ensuciarse al día siguiente. Había construido una mesa de metal donde ambos se sentaban a platicar y comer. Y cada vez que alguna parte del carro de Zeran necesitaba un reemplazo, ella la buscaba en un inmenso catálogo de partes recuperadas que servía a toda la base. Él, a cambio, le traía partes que encontraba en sus largos viajes, arrastrados por el viento y enterrados en la arena.

Con el resto del día libre se perdía en el desierto, manejando entre las dunas y las rocas afiladas por el viento, donde ninguna persona había llegado jamás. Explorando un mundo infinito e indomable, donde todo pesaba y cansaba más. Perderse en medio de la nada era su forma favorita de olvidarse que compartía una casa con otras diez personas que apenas conocía. No había mucho que hacer más que seguir con la rutina, y esperar que los días pasaran rápido. A pesar de llevar casi un año en aquella colonia, aún no se atrevía a llamarla hogar.

Regresó a la colonia al atardecer, cuando las sombras se extendían por las altas y bajas del terreno, y el cielo se volvía de fuego. Era la hora en que los anemómetros registraban números peligrosos y el aire electrizado era común.

Ancló su carro a la casa y entró antes de que las cosas se pusieran peor. Se sacudió el polvo de la ropa y el cabello, y comió mientras ordenaba en su mente las cosas que haría al día siguiente. Para Zeran, tener la cabeza siempre ocupada era la forma de no perderla en un ambiente tan desolado como ese. A pesar del trabajo extra que implicaba vivir con tantas carencias y peligros, la experiencia de vivir en uno de los entornos más extremos del planeta no lo iba a abandonar jamás. Además, en la ciudad no podría manejar su car como lo hacía ahí. Sin leyes ni caminos había libertad total.

Por la noche roció agua en su habitación para respirar mejo, se acurrucó en su cama, y el sonido del viento lo ayudó a dormir.