El Misterio de Klatenulco

El camino que seguían era estrecho, apenas marcado por las pisadas que se abrían paso entre la espesura de Klatenulco. Hojas anchas, flores radiantes, y los extraños ruidos de animales que Narel jamás había visto, pero para Irma, nada parecía ser nuevo. La selva formaba una muralla natural que separaba al mundo entero de la cuenca.

El calor era insoportable. En el corazón de la isla de Klatenulco, la poca circulación de aire y los frondosos árboles creaban un aire denso que Narel apenas podía asimilar. Caminando por la tierra húmeda, espantando mosquitos e insectos del tamaño de su mano, apenas tenía tiempo de registrar sus observaciones del camino a la cuenca. Y Irma se adentraba más y más en la selva, cada vez más oscura, más húmeda, más caliente. Quedaban unas cuantas horas de luz, y el dolor en sus piernas ya lo estaba venciendo. Pero ella parecía acelerar el paso, tan espabilada como cuando iniciaron el camino.

¿Podría pasarles algo? ¿Estaban en peligro? Tan solos, tan perdidos en medio de un laberinto de ponzoña y calor donde todo podía salir mal. ¿Cuánto tiempo tardarían en encontrarlos, si se llegaran a perder? Eran tantas las preguntas que no se había planteado hasta que se adentró al lugar más solitario de la isla, acompañado de una persona que parecía conocer la selva tanto como a sí misma, que siempre tomaba la mejor ruta sin siquiera pensarlo, qué distinguía entre las plantas que debían evadir y las que debían comer para no morir, y que sabía zanjas debían cruzar, y cuáles arroyos los guiaban a su destino.

En una selva con un suelo tan poroso, lleno de cavernas y pozos que se ocultaban entre las laderas, parecía tan fácil caer y perderse para siempre. Narel daba cada paso con más cautela de la necesaria, mientras se moría de miedo al ver a Irma saltar entre las resbaladizas piedras y cruzando los arroyos que recogían del agua de las eternas cascadas como si de un juego se tratase. Su agilidad convertía a la famosa selva de Klatenulco en un infantil patio de juegos.

—¿No te da miedo saltar así? ¿Y si te resbalas y golpeas? ¿Cómo saldremos de aquí si te pasa algo?

—La verdadera pregunta es, ¿cómo yo te sacaré de aquí si te pasa algo?

Irma se detuvo a esperar que Narel cruzara un arroyo, entretanto, llenó su cantimplora con agua cargada de extraños minerales.

—Sabes que esta zona tiene niveles alarmantes de radioactividad, ¿verdad? No deberías tomar agua de estos arroyos.

Narel no sabía qué decir después de haber regañado a Irma, quien no paraba de reír.

—¿Y de dónde crees que viene el agua y la comida de todos los días? ¿Crees que viene en avión desde una isla muy lejana?

Un ligero escalofrío casi lo hizo perder el equilibrio tras saltar la última piedra. Estaba del otro lado del arroyo, apoyándose en Irma para no caerse.

—Si antes apenas podía dormir pensando a la dosis de radiación a la que me estoy exponiendo, ahora no seré capaz de cerrar los ojos.

Su detector de radiación de vez en cuando pitaba, alarmando niveles inusuales. Una y otra vez Narel revisaba la dosis que estaba recibiendo. No era peligrosa, no era mortal, pero no era despreciable, y eso lo preocupaba. Cada pitido era una partícula que se había desprendido de quién sabe dónde, —de una piedra, de una planta, o incluso de Irma, no podía descartarlo—, y había golpeado el detector. Quién sabe cuántas partículas más estaban golpeando su cabeza en ese preciso momento. Intentaba no pensar en eso y concentrarse en su investigación, era un sonido difícil de ignorar.

Irma se agachó a buscar algo en la tierra, una piedrecilla negra que desenterró y colocó sobre la mano de Narel.

—Mide esta piedra.

Arrimó la piedra al detector, y la lanzó tan lejos como pudo al oír el insoportable pitido que auguraba cosas horribles.

Irma soltó una carcajada al ver aquella reacción.

—¡¿Qué te pasa?! —gritó Narel— ¡Sabías bien qué era eso ¿verdad?! ¡¿Por qué te divierte tanto?!

—¿Acaso eres radiofóbico? Hay piedras como esa en todas partes.

—Solamente estoy siendo cauteloso. No sabes lo peligrosa que es esta zona.

—¿Peligrosa? No lo creo. He vivido en la selva toda mi vida y no entiendo como esa piedra puede asustarte tanto.

No podía soportar que hablara de aquello con tan poco respeto, ni que anduviera recogiendo cosas que apenas si conocía.

—No sabes lo que dices. ¿Sabes lo que esa piedra está haciendo ahora mismo? Está lazando balas atómicas que están atravesando nuestros cuerpos en este preciso instante, posiblemente causando daño celular y terribles enfermedades a largo plazo si no tomamos las medidas necesarias para protegernos.

—¡¿Crees que no se qué es la radiación?! —contestó Irma.

—Por tu forma de actuar parece que no.

—Es fácil para ti decirlo. Mi familia y yo llevamos conviviendo con ella mucho, mucho tiempo. Desde que nos asentamos en este lugar sabemos de ella. Desde entonces hemos estado conviviendo con cánceres y defectos de nacimiento. Los medicamentos y tratamientos especializados son una bendición, pero incluso estos no son suficientes cuando no hay manera de deshacerte por completo de ella.

Era una cultura muy diferente, supuso Narel. Tan familiarizados con la radiación y sus efectos como con las cientos de ranas coloridas y venenosas que vio en el camino. Después de tanto tiempo, la radiación se había vuelto parte del paisaje. Los animales no se inmutan, las lluvias siguen nutriendo a los árboles y gente como Irma vive de los recursos de la isla. La radiación permanecería ahí por miles de años, porque ningún proceso biológico es capaz de asimilarla. Miles y miles de años enfermando a plantas y animales, y causando tanto fascinación como miedo en personas como Narel, quién ansiaba conocer el pasado del planeta a través de muestras de suelo y cartas topográficas. Debajo de todas aquellas raíces estaban las respuestas a uno de los mayores misterios del cinturón tropical.

Irma se detuvo, y tomó unos segundos para recuperar aire y suspirar. Estaba agotada, no había duda, pero sus ánimos seguían ahí, tan entusiasta como al principio cuando se ofreció para acompañarlo en su viaje del pueblo hasta la cuenca. “No puedes hacerlo tú solo”, le había dicho, cosa que Narel no creía al principio, pero a lo largo del viaje se dio cuenta que Irma sabía más cosas de lo que aparentaba. Las habilidades y destrezas de generaciones pasadas destiladas en sus brazos, piernas y mente.

—Y bien, aquí es. La Cuenca de Klatenulco —se sentó para dejar que Narel apreciara la vista.

La luz de las estrellas apenas le permitía entender lo que estaba frente a él. Una enorme depresión en el terrno rebosante de arbustos, con charcos reflejando la tenue luz del cosmos. No había suficiente luz para juzgar el tamaño de la imponente formación geográfica, y las sombras parecían ocultar misterios tan antiguos como el planeta.

Lo único que podía escuchar era su respiración agitada, y el ensordecedor canto de millones insectos. Irma, a unos pasos del acantilado, sonreía, orgullosa de haberlo llevado hasta uno de los puntos más remoto de la selva en tan poco tiempo.

—Te dije que no podrías llegar hasta aquí tú solo.

—Eso no lo sabes —respondió Narel.

—Bueno, no llegarías en menos tiempo, de eso estoy segura.

Narel recordó por qué había venido hasta ese punto tan remoto, y despegó la vista del acantilado. Inspeccionando el suelo con su linterna, confirmó lo que otros investigadores ya habían encontrado. La presencia metales presentes en aquella zona no se podían explicar solamente por procesos geológicos. Algo más debió haber intervenido para crear un paisaje tan misterioso como bello.

No podía ignorar el constante pitido de su detector de radiación. La dosis que estaban recibiendo había aumentado significativamente desde que partieron de la aldea. Desafortunadamente, observaciones más detalladas solamente se podían hacer en el día. Tendrían que pasar una noche en la cuenca antes de continuar con su trabajo.

—¿Visitan con frecuencia este lugar? —preguntó Narel.

—No mucho. Rara vez vengo aquí.

—Menos mal. Este lugar es peligroso.

—Aunque, a mis amigos y a mí nos gusta zambullirnos en los cenotes que hay por aquí. No lo hacemos siempre, pero si vienes hasta acá, vale la pena hacerlo.

—No deberían. No deberían recibir más radiación de la que ya reciben. La radiación allá abajo probablemente es más intensa.

—Lo sé, lo sé. Pero este lugar es tan hermoso que no podemos dejarlo aquí solo.

Y vaya que lo era. Aún en la oscuridad, la belleza del paisaje era incuestionable. Un vestigio bien preservado de cuando el planeta era joven y la humanidad nueva en ese mundo, protegido por kilómetros y kilómetros de selva, inalcanzable excepto por la aguda vista y memoria de Irma. Las fotografías satelitales no se comparaba a encontrarse a orilla de la cuenca. Las fotografías no eran suficientes para comprender su tamaño y profundidad.

—¿Listo para bajar? Todavía no llegamos a la mejor parte.

Narel apagó su detector para sumergirse en el silencio e ignorar lo que sea que estuviera allá abajo. No era momento de preocuparse por la radiación.

Descendieron la pronunciada pendiente guiados por una cuerda que Irma preparó y ató con gracia. Mientras él titubeaba y analizaba cada paso que daba, imaginando todas las maneras en las podía caer y morir, Irma ya había descendido, y lo esperaba en el otro extremo de la cuerda, animándolo a que dejara de aferrarse tanto a ella. Pero Narel no podía comprender cómo Irma, vistiendo ropa ligera y cargando con mucho más peso que él, podía deslizarse con tanta confianza por la ladera húmeda y rocosa.

—Tienes que soltarte más. Así nunca llegarás.

—¡Es lo que intento!

Cada intento de imitar su velocidad fracasaba. Tenía la fuerza y agilidad, pero no la confianza. Decidió bajar manteniendo su ritmo, aunque Irma tuviera que esperar más tiempo allá abajo.

—No le temes a perderte en la selva ni a las alturas ni a la radiación. ¿A qué le tienes miedo? —preguntó Narel intentando comprenderla, una vez abajo.

—A tener que abandonar este lugar para siempre.

Alrededor del mundo, inspirados e impulsados por las ideas de Julia Eerith, se estaba discutiendo la posibilidad de declarar a la cuenca de Klatenulco en un área protegida, para impedir su alteración, facilitar su estudio, y conservar el estado en el que fue descubierta. Narel sabía, e Irma también, que los resultados de su investigación formarían parte de los argumentos para clasificar la cuenca como un área de no intervención humana, desplazando así, a personas como Irma, que llamaban aquél extraño lugar su hogar.

Visto desde abajo, parecía que habían sido tragados por la selva misma. Los chirridos, gritos y llantos de las criaturas de la noche los rodeaban, entonando un himno al aislamiento y misterio que envolvía a la cuenca, que no parecía no tener principio ni fin hasta que Irma encendió la fogata.

Narel le mostró los mapas y dibujos con los que cargaba, hechos gracias a expediciones pasadas. Aún había tantas incógnitas.

—¿Qué crees que pasó con este lugar? ¿Por qué es tan diferente? —preguntó Irma.

—Todo apunta a que algo grande, no se qué, se estrelló en esta zona. Eso explicaría la forma de la cuenca.

—¿Un meteorito?

—Posiblemente. Lo que aún no logro entender es la radiación. Un asteroide normalmente no contiene niveles de material radioactivo tan altos.

—¿Qué tan altos?

—Como si un enorme reactor nuclear se hubiera estrellado aquí.

—Eso no tiene sentido.

—¡Lo sé! Pero no podemos descartar nada. Aún necesitamos más evidencia. Lo que es seguro es que esta zona, y sobre todo el subsuelo nos puede contar muchísimo sobre la historia de este planeta.

Irma dirigió la vista hacia el fuego, pensando en lo que acababa de escuchar.

—Si convierten este lugar en una reserva, ¿podremos bajar aquí?

—Solamente si se quiere bajar a la cuenca para propósitos de estudio e investigación. De otra forma, el acceso estará prohibido.

Todo parecía indicar que la cuenca pasaría a formar parte de las cientos de reservas naturales esparcidas por el cinturón tropical. Lugares llenos de belleza y vida que por una razón u otra se volvieron tan especiales, tan únicos, tan frágiles, que era necesario protegerlos a toda costa. Narel no había sido el primero, ni sería el último en explorar la cuenca de Klatenulco. La fascinación por ese lugar crecía más y más en las escuelas y laboratorios alrededor del mundo, e Irma lo sabía.

—¿Por qué decidiste acompañarme? —preguntó Narel.

Pasaron unos segundos para que Irma pudiera poner sus pensamientos en orden.

—Porque quiero, queremos —dijo mientras reavivaba el fuego—, saber qué es este lugar que hemos conocido toda nuestra vida. Porque a pesar de llevar muchos años aquí, sigue siendo un lugar lleno de misterio. La radiación, los metales, la cuenca. Queremos saber qué hace a este lugar tan especial tanto como tú y tus colegas. Queremos proteger la cuenca, pero también quedarnos aquí. El pueblo está discutiendo con otras islas para hacer una excepción en nuestro caso. Consideramos que la doctora Eerith, aunque tenga buenas intenciones, está tomando acciones demasiado precipitadas.

Klatenulco era una isla inmensa, tan grande que ni el pueblo de Irma que había estado ahí por tanto tiempo lo conocía por completo, tan lleno de maravillas que incluso las mayores instituciones de investigación aún tenían más preguntas que respuestas. Era más que entendible que Irma no quisiera irse de ahí sin saber qué había ocurrido en la cuenca.

—¿Cuál es tu opinión Narel? ¿Crees que solamente el ojo de la ciencia es digno de ver este lugar?

Irma parecía haber sacado aquella pregunta desde lo más profundo de su alma, pues sus ojos destellaban como el fuego que los mantenía unidos en la inmensidad de la selva. Preguntaba como si su supervivencia dependiera de la respuesta que le fuera a dar. No despegaba su mirada de él, esperando su respuesta antes de decir o hacer algo más.

—Me temo que no conozco la cuenca lo suficiente para darte una respuesta.

—Bueno, si mañana lo amerita, se llevaré a mi lugar favorito, y espero que ahí puedas darme una respuesta.


Por la mañana, Narel se dispuso a darle un buen uso a todo el equipo de trabajo que con mucho esfuerzo había cargado en su espalda. Con sus herramientas de investigación comenzó a leer la caótica historia del planeta a través de los estratos rocosos. Erosión, vulcanismo, lluvias y sequías. Todo eso se podía ver en las capas de tierra expuestas por el lento pero constante flujo de las aguas. Y en el centro de Klatenulco, donde toda el agua de lluvia terminaba, el complejo sistema de cavernas bajo el suelo se sumaba a la lista de enigmas de la isla.

Tomó notas y medidas para después mejorar las cartas topográficas de la zona en un futuro, en un ambiente más cómodo, seco y con mejor equipo. Aprovechó también para tomar algunas fotografías de la selva, de las frondosas plantas y enredaderas que trepaban las paredes, de las aves que anidaban en las grietas, y de las cascadas mantenían la cuenca húmeda, caliente y viva.

Las muestras de suelo que tomaba iban acompañadas de observaciones y dibujos, mientras Irma escuchaba lo que Narel tenía que decir, fascinada por las cosas que estaban aprendiendo juntos. También tenía que realizar un mapa de la radioactividad del lugar, así que, esperando lo peor, encendió el detector. Era más alto que antes de su descenso, pero no por mucho.

—Si no nos quedamos aquí por mucho tiempo no tendríamos que preocuparnos. Yo no me quedaría más de un par de días aquí.

—No conocería la cuenca tan bien si me quedara tan poco tiempo en ella.

Aún impresionado por lo poco que le importaba, le advertía una y otra vez los riesgos de exponerse tanto tiempo en un ambiente como ese, entonces Irma respondió con algo que lo sorprendió aún más.

—Estos árboles y estas aves, el agua que bebemos, la madera que quemamos todas las noches, la tela que vestimos, todo está impregnado de esos isótopos. Está en la tierra, en las plantas, en los huesos y hasta en my sangre. Tú no estás acostumbrado a esto, pero no hay mucho que se pueda hacer por mí.

Tal vez sí deberíamos alejarnos de aquí, pensó Narel. No por el bien de ese lugar, sino por su propia salud. Iba a preguntarle a Irma si no le gustaría mudarse a la ciudad, en un ambiente libre de radiación, invitarla a colaborar en la investigación de la cuenca, pues su conocimiento de primera mano sería invaluable; pero sabía la respuesta a todas esas peticiones. Ella había crecido con la cuenca y con la radiación, y a pesar de todos los riesgos, eran inseparables.

Cuando Irma se aburrió de registrar las lecturas del detector de radiación y se cansó de asistir a Narel en la investigación de campo, lo invitó a recorrer los lugares con las mejores vistas de la cuenca.

—¿Tu cámara no retrata personas?

—¿Por qué no lo haría?

—No lo sé, pregunto porque no te has tomado ninguna foto.

—No necesito fotografía mías para elaborar el reporte de investigación

—¡Ya sé que no! ¿No te vas a llevar ningún recuerdo de aquí?

Lo invitó a posar frente a una de las mayores cascadas que conocía, donde el agua salpicaba el suelo con tanta fuerza que se convertía en una densa y ruidosa brisa que mantenía vivos a enormes helechos. Se tomaron fotos frente a las lagunas opacadas por su alto contenido mineral, donde todo tipo de plantas exóticas crecían, alimentadas por todos esos nutrientes radioactivos. Cada vez lo llevaba más y más hacia el fondo de la cuenca, donde los arroyos se volvían más anchos, la vegetación más lozana. A Irma no le importaba alejarse más y más de la zona que Narel estaba estudiando, y él no podía oponer resistencia, no sin quitarle todo ese entusiasmo y emoción que sentía for el lugar que tanto amaba.

En la tarde, con el sol justo encima de ellos, el calor los obligó a tomar un descanso. Narel revisaba una por una las decenas de fotografías que habían tomado juntos. La mayoría eran inútiles para la investigación, que ya había pasado a segundo plano. Mientras se recuperaba de la intensa caminata, vio a Irma desvistiéndose para entrar a nadar en uno de los cenotes.

—Si mi memoria no me falla, por aquí podemos entrar a una de las cuevas. ¿Quieres ir?

Y antes de que Narel pudiera responder, ella ya estaba en el agua. Sin decir una palabra aceptó la invitación y la siguió.

Toda sensación de calor había desaparecido, pues el agua lo envolvía por completo. Las paredes porosas y húmedas escurriendo y el eco del chapoteo eran una señal de lo mucho que se escondía bajo sus pies. Un laberinto de túneles, pozos y cascadas, creados y destruidos por el flujo del agua a través de millones de años, donde plantas, aves, algas y hongos crearon su hogar: un bello sistema subterráneo que llevaba al máximo todos los sentidos de Narel, mientras hacía a un lado el cansancio para mantener el ritmo imparable de Irma.

Por unos instantes olvidó el misterio de Klatenulco, un misterio que lo había hecho pasar los últimos dos años de su vida estudiando la geografía del lugar a través de mapas en el otro lado del mundo, hasta que por fin, después de tanto tiempo, tuvo la oportunidad de visitar la isla por unos meses, conocer a Irma, y explorar el lugar del cual emanaban tantas hipótesis y fantasías. Y ahora nadando junto a ella, nada de eso importaba.

Pasaron el resto de la tarde nadando y refrescándose, explorando el complejo sistema de grietas y cavernas hasta que sus cuerpos y almas convergieron en una laguna donde el agua reflejaba los pocos rayos de sol que se filtraban a través de los árboles.

—Este es mi lugar favorito —susurró Irma.

Y ahora entendía por qué.

El laberinto de grutas y la misteriosa geología de la cuenca ya no importaba con Irma junto a él. La radioactividad de la zona era una nimiedad comparada a su cuerpo.

Y sumidos en la oscuridad de Klatenulco se enamoraron y se amaron, ignorando los minerales radioactivos que estaban absorbiendo a través de la piel, ignorando el peligro de perderse y ahogarse en las lagunas subterráneas, ignorando que serían las últimas personas en adentrarse en el corazón de la cuenca con total libertad.


Ya acostumbrado a las luciérnagas que pululaban en la cuenca y el aleteo de los murciélagos, Narel sentía a la selva en calma. El canto de las criaturas nocturnas acompañaba a la fogata que más que mantenerlos calientes, les permitía verse el uno al otro. Había todavía mucho trabajo que hacer antes de regresar, pero aquello no podía importarle menos. Lo que ahora quería entender era lo que había pasado aquella tarde.

—¿Aún piensas que este lugar solamente puede observarse con el lente de la ciencia? ¿Crees que hay cosas tan grandes que no se pueden plasmar en papel y números?

Narel rió. La cuenca de Klatenulco era un misterio tan grande que no se podía resolver nada más recogiendo muestras de tierra y agua, ni elaborando cartas topográficas. Por más instrumentos que tuviera no iba a ser capaz de comprender lo que a Irma le había tomado toda una vida aprender.

—A pesar de todo el peligro, no puedo pensar en un lugar más hermoso que este. Supongo que todo tiene un precio —respondió.

—La radiación debería ser la menor de tus preocupaciones. Pero sí, no hay mejor lugar que este en toda la isla, ni en el mundo entero.

Ambos deseaban una noche más larga, pero era incapaces de vencer el cansancio de todo un día caminando y nadando. Se acostaron y durmieron, por primera vez juntos desde que comenzaron la excursión.

A mitad de la noche, envuelto en el calor de la selva y bañado en sudor, los escalofríos lo consumían.

Tanta radiación en el agua que había tragado, los minerales que había absorbido, todo este tiempo nadando con Irma se había convertido en dolor, agonía y náuseas. Se había excedido, Ahora toda esa radiación, todos esos metales lo estaban envenenando. No había escapatoria, no había cura. Solamente sufrimiento.

Dentro de su cabeza a punto de estallar intentaba liberarse de la maraña que era el misterio de Klatenulco, las piedras radioactivas, intentando desmitificar el origen de los metales esparcidos por el suelo calizo y poroso. Plantas y criaturas de todos los colores fluorescentes bajo la luz de las estrellas, y en medio de todo ese dilema, Irma nadando en el laberinto de agua y roca. Aquello era más poderoso que la radiación, un dilema que lo cocinaba por dentro. En aquél lugar tan aislado, tan profundo, tan oscuro, no había forma de liberarse del veneno nuclear.

Lo último que recordó antes de perder la consciencia era a Irma diciendo palabras que no podía entender, mientras vertía agua fresca sobre su cuerpo.


Las gotas de lluvia sobre la carpa fue lo primero que escuchó esa mañana. Los animales reposaban en silencio, esperando bajo las plantas la llegada del sol. Irma, en cambio, había regresado a la carpa con agua y comida, indiferente al torrencial que se desataba sobre un lugar que no necesitaba de más humedad.

—¿Mejor? Creí que ibas a morir anoche.

Narel no sabía qué decir después de aquella fiebre que le había enseñado más sobre la cuenca que todo el trabajo que había hecho el día anterior.

—Es normal que te haya pasado eso.

—¿Y por qué no me dijiste nada? La radiación casi me mata.

—No fue la radiación. Aquí en el corazón de la selva hay tantos bichos y bacterias que tu cuerpo probablemente nunca había encontrado en la ciudad. Tu cuerpo no sabía qué hacer con ellos.

Era verdad. Klatenulco, la selva, su gente, todo era una misma cosa. Un ecosistema tan complejo, vasto y único que una sola persona no era capaz de entenderlo por completo.